domingo, 30 de septiembre de 2007

RELATIVISMO DE SALÓN

No hay nada más recurrente para un progre que el relativismo, como si éste fuese la panacea a todos los males del mundo. Pero no es menos cierto que el relativismo no deja de ser una excusa fácil ante la pereza mental de sus seguidores. Un ejemplo de ello pudiera ser el tan manido “Nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”. Esta frase sintetiza como ninguna la desfachatez ante los hechos. Así, todo es relativo menos esta frase, este principio, este dogma aniquilador. Otro ejemplo pudiera ser el “Prohibido prohibir”. Pero si ello es así, vuelta a empezar. Si prohibimos prohibir, ya hay algo que sí está prohibido, prohibir. Siguiendo con nuestro muestrario, y reconozco que este es el que más me gusta, encontramos el “todo es opinable”, claro que si, todo es opinable menos justamente eso, que todo sea opinable. Del mismo modo, cuando se afirma que “los dogmas son inadmisibles”, a menudo no reparamos en que hay una exepción, justamente el que a acabo de enunciar, indemostrable pero de aplicación forzosa. En cualquier caso, el hombre siempre parte de un dogma para concluir, tanto en el pensamiento deductivo como en el inductivo. En cuanto a la “libertad de pensamiento”, nadie comienza a pensar desde cero, sino desde un eje de coordenadas que le viene dado. El pensamiento humano está sometido a reglas estrechas, que componen lo que se conoce como la ciencia de la lógica. Seguimos con “toda idea, principio o creencia es tan respetable como otra”, pero esto no tiene sentido, porque el relativismo busca imponerse sobre toda afirmación categórica, luego parte de un plano superior y no igualitario. Luego pasamos al tantas veces repetido “eduquemos en libertad”, lo que sucede es que si concedemos libertad al alumno para someterse o rechazar la educación, seguramente optará por la libertad de no educarse, sobre todo si piensa en el sometimiento y el esfuerzo que implica el hacerlo. Lo único que importa es la tolerancia, no las ideas que se toleran. Es más, la misma libertad de expresión es un atentado contra la libertad ajena, en cuanto pude influir en el interlocutor. El próximo es para troncharse, “no acepto aquello que no sea demostrable”. Lo que sucede es que hay un pequeño problema, y es que ni tan siquiera pueden demostrar nuestra existencia. Lo empíricamente demostrable no alanza ni el 0,1% del conocimiento humano. Tampoco puedo dar razón de mi existencia. Si decimos que “lo que se ve, existe, y lo que no se ve, no existe”, podemos estar cometiendo una imprudencia. porque ¿estamos seguros de que nuestros sentidos no nos engañan?. Además, según esta formula, no existirían el amor, ni el dolor, ni la belleza, ni el arte, ni la literatura… Además, ¿estamos seguros de que la vida no es sueño y el sueño no es la verdadera vida?. Por último, el que “nadie puede decir lo que está bien o lo que esta mal”, no deja de ser un juicio moral en sí mismo, esos juicios que constantemente estamos pronunciando. Es más, si en algo creemos es en nuestras críticas al próximo. En definitiva, en el fondo de todo ello, el relativismo no esconde más que la anulación del hombre como ser racional y, con ello, la anulación de su libertad intínseca.

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